¿Te has fijado en la cantidad de nombres propios que caben en un folleto turístico? Ciudades, plazas, reyes, catedrales. En plena temporada alta, los textos de viajes se llenan de decisiones que tenemos que tomar en materia de traducción. ¿Escribimos Bombay o Mumbai? ¿Florencia o Firenze? Y, muchas veces, estas decisiones no solo están condicionadas por las normas, sino también por las tradiciones y algún que otro falso amigo.
La buena noticia es que la RAE y la Fundéu llevan años poniendo orden en la traducción de topónimos y demás nombres propios. ¿Quieres saber cuándo se traduce un nombre y cuándo se deja tal cual?
¡Empezamos!
Exónimos: los «souvenirs» que la lengua se trae de viaje
Londres, Brujas, Nueva York. Ninguno de esos nombres figura así en los mapas locales y, aun así, los usamos sin pestañear. Son exónimos, es decir, las formas que el español ha ido acuñando para nombrar lugares de fuera.
La norma de la RAE es clara: si existe un exónimo tradicional vigente, se recomienda conservarlo. Por eso escribimos Rangún, Turín o Ciudad del Cabo. Eso sí, algunos llegan con una mochila sospechosa, por así decirlo. Brujas no debe su nombre a ninguna escoba, sino del neerlandés «Brugge», que significa ‘puentes’. ¿A que ahora la ves con otros ojos?
Los topónimos también caducan
Alberto Gómez Font resume un siglo de mapa cambiante con un pareado tramposo y, a la vez, maravilloso (como el que me acaba de salir): «un tigre de Bengala, un gato siamés y otro de Angora toman vino de Madera y té de Ceilán en la taberna de un patán que emigró a Tartaria». Hoy ese mismo tigre viene de Bangladés, un gato es tailandés, el otro es de Ankara y el vino, de Madeira. ¡Boom! Siete nombres jubilados en una sola frase.
Las agencias de noticias llevan décadas en esto. Cada pocos años llegaba a las redacciones una nota con denominaciones nuevas: Kampuchea por Camboya, Myanmar y Yangón por Birmania y Rangún, Mumbai por Bombay. Unas formas tradicionales siguen vivas; otras se han rendido sin hacer mucho ruido. Supongo que por agotamiento.
La tendencia actual apunta a mantener la forma original cuando no hay tradición asentada. A nadie se le ocurre traducir Aix-en-Provence. Y si el nombre llega desde otro alfabeto, se hispaniza la grafía directamente: Catar, Baréin, Yibuti. La Fundéu aplica ese criterio a los topónimos de origen azteca, por ejemplo: Tenochtitlán lleva tilde, porque la transcripción debe sonar lo más parecida posible al original.
Cuando el nombre lleva bandera
¿Costa de Marfil o Côte d’Ivoire? ¿Cuzco, Cusco o Qosco? Aquí ya no hablamos de ortografía. La RAE reconoce que una forma tradicional puede caer en desuso o pasar a considerarse políticamente inadecuada, y entonces la sustituye la local. Pasó con Brema, hoy Bremen. Para Gómez Font el derecho al nombre y el derecho a nombrar conviven un poco a codazos para ver cuál gana.
En el texto turístico manda además la utilidad, como ya vimos al hablar de adaptar la traducción turística a la cultura meta. ¿De qué le sirve al viajero una calle castellanizada que no aparece en el callejero? Creemos que la mejor brújula es usar el exónimo asentado para lo grande y la forma local para lo pequeño, justo donde el lector necesita orientarse.
¿Y las personas? Reyes, papas y Toro Sentado
Con los antropónimos, la regla de oro moderna es respetar el nombre original: Marie Curie, Marcello Mastroianni. Solo unos pocos privilegiados se siguen traduciendo como los papas (Juan XXIII), casas reales (Isabel II de Inglaterra), santos y personajes históricos (Juana de Arco) y apodos con carga semántica, de Iván el Terrible a Toro Sentado.
¿Y esto qué pinta en una audioguía? Pues todo, porque quien recorre la Torre de Londres espera encontrarse con Enrique VIII, aunque los carteles digan Henry.
Cada folleto y cada cartela de museo facturan este equipaje invisible: decenas de nombres bien resueltos que el viajero ni nota. Simplemente entiende, se orienta y disfruta. ¿Acaso no es ese el mejor cumplido posible para una traducción?
¿Te ha pasado lo de buscar una calle castellanizada que no existía en el callejero? Comparte este artículo con quien ya esté haciendo la maleta. Y si aún no has decidido tu próximo destino, aquí tienes algunas ideas para traductores/as atrevidos/as.
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