«Tradúcelo literal, que así no hay error». ¿Cuántas veces habremos oído la dichosa frasecita? Suena sensato, ¿a que sí? El problema es que, si de repente os topáis con un cartel que pone «wet paint», no os quedaría más remedio que traducirlo por «pintura mojada». ¿Ahora os parece sensato? Solo si apareciese como broma en un capítulo de Bob Esponja. Aquí, el cartel dice «recién pintado». Y punto.
De carteles va esta historia. Jean-Paul Vinay y Jean Darbelnet cuentan en el prefacio de su libro que todo empezó en la autopista de Nueva York a Montreal. Mientras uno conducía, el otro apuntaba en el dorso de un sobre las señales de tráfico, que en francés se habrían escrito de otra manera. De aquel viaje salió una idea que sigue en pie: traducir literalmente es solo uno de los siete procedimientos de traducción. ¿Queréis conocer los otros seis? ¡Empezamos!
Dos caminos para llegar al mismo sitio
El libro, Stylistique comparée du français et de l’anglais, se publicó en 1958 y se convirtió en manual de referencia en las aulas de traducción, con edición inglesa desde 1995.
Cuando repasamos los tipos de traducción de Jakobson, la interlingüística era la de siempre, la que va de una lengua a otra. Vinay y Darbelnet levantan el capó de esa traducción y se preguntan cómo funciona por dentro.
Proponen dos caminos. La traducción directa va en línea recta, porque las dos lenguas se parecen lo bastante. La oblicua da un rodeo, porque la recta lleva a un sitio que no existe.
Traducción directa: la carretera recta
- Préstamo. La palabra viaja tal cual: «software», «sushi», «ballet». No hace falta traducirla.
- Calco. Se traduce pieza a pieza una expresión ajena. «Rascacielos» sale de «skyscraper», por ejemplo.
- Traducción literal. Palabra por palabra, y funciona. Del propio libro: «The book is on the table» es «el libro está sobre la mesa».
La recta se acaba en cuanto las dos lenguas dejan de parecerse.
Traducción oblicua: el arte del rodeo
- Transposición. Cambia la categoría gramatical, no el sentido. «After he comes back» puede quedar en «tras su regreso»: el verbo se ha convertido en sustantivo.
- Modulación. Cambia el punto de vista. Lo que en inglés es «shallow» en español es «poco profundo». Y aquí vive nuestro «recién pintado»: el inglés describe la pintura; el español, cuándo se pintó.
- Equivalencia. La misma situación, otra fórmula hecha. «It’s raining cats and dogs» se queda en «llueve a cántaros». Ningún gato cae del cielo español.
- Adaptación. La situación no existe en destino y hay que buscar otra que funcione igual. El libro cuenta la historia de un intérprete que convirtió el «cricket» en «Tour de France» para que el público francés captara la idea de deporte nacional. Hasta que el delegado francés agradeció al orador la mención a un deporte tan francés. Anda que…
¿Y a quien encarga una traducción, qué le aporta esto?
Un manual técnico aguanta mucha carretera recta, pero un eslogan, una carta a la clientela o una web para otro mercado van a pedir rodeos. Y cada rodeo es una decisión profesional, no un capricho de quien traduce.
Los propios autores ya se quejaban de los organismos que exigían traducciones pegadas al original. El resultado, decían, era una jerga llena de calcos que no se entiende en ningún idioma.
Eso sí, la lista no es dogma: en 2002, Lucía Molina y Amparo Hurtado Albir la revisaron en la revista Meta y propusieron una clasificación de técnicas más amplia.
Así que la próxima vez que alguien os pida «literal, que así no hay error», ya sabéis qué contestar: es una opción entre siete. A veces, la buena. Otras, pintura mojada.
¿Tenéis a alguien en la oficina que sigue pidiendo traducciones literales? Pasadle este artículo. (Pero con cariño, porfa.)

