Diferencia entre lenguaje claro y lectura fácil

Diferencia entre lectura fácil y lenguaje claro

¿Cuántas veces habéis firmado un contrato entendiendo, con suerte, la mitad?

El 13 de octubre de 2010, Barack Obama firmó la Plain Writing Act, la ley que obligó a la Administración federal de Estados Unidos a escribir claro. Es increíble que haga falta que todo un presidente de los Estados Unidos deba posicionarse para que la gente escriba cosas que se entiendan. Pero ahí está la hemeroteca.

El caso es que por eso hoy se celebra el Día Internacional del Lenguaje Claro, y este año la fecha llega con deberes.

El 3 de septiembre, el BOE publicó el Real Decreto 707/2026, que aprueba el Reglamento de las condiciones básicas de accesibilidad cognitiva. Entra en vigor el 2 de enero de 2027 y distingue tres maneras de escribir para que se nos entienda. Se parecen tanto que es fácil pedir una cuando os toca otra.

¿Sabéis cuál necesita vuestro próximo documento? ¡Empezamos!

Lenguaje claro: escribir pensando en quien lee

El reglamento lo define como una comunicación centrada en la persona lectora. Piensa en lo que necesita saber, en su nivel de alfabetización y en el uso que dará al texto. Para aplicarlo, remite a la norma UNE-ISO 24495-1, que ISO publicó en 2023.

Su público es el general. Frases que se entienden a la primera, un orden lógico y ni una sigla sin explicar. Es lo que defiende la Red Panhispánica de Lenguaje Claro y Accesible que impulsa la RAE, a la que nos sumamos en 2025 (os lo contábamos aquí).

Lectura fácil: el texto que alguien comprueba

La lectura fácil se dirige a personas con dificultades de comprensión lectora y tiene pautas propias de redacción, diseño y formato. Y precisamente en ese paso está la diferencia entre lectura fácil y lenguaje claro, porque antes de publicarse, el texto lo validan personas de ese mismo público. Si no lo entienden, vuelta a empezar.

El reglamento la exige en sitios muy concretos. Las administraciones tendrán que ofrecer en lectura fácil sus formularios, solicitudes y guías para rellenar trámites. Y quienes ofrecen bienes y servicios al público, la hoja de reclamaciones. Nos jugamos un almuerzo a que esta no la teníais en el radar.

Lenguaje sencillo: el suelo mínimo

Es el que más fácil se pasa por alto. El reglamento lo describe como una comunicación que pone a la persona en primer lugar. Es decir, frases cortas, palabras de uso común, nada de siglas e imágenes de apoyo si ayudan.

¿Cuándo se aplica? Pues siempre que no se exija ni lectura fácil ni lenguaje claro, así de sencillo.

Según el artículo 5.2, la información debe darse «al menos en lenguaje sencillo». Ese es el mínimo, y sobre él tendrán que apoyarse las condiciones de contratación, el consentimiento y las instrucciones de uso, que el artículo 9.3 manda explicar así.

Traducir sin cambiar de idioma

Si trabajas con palabras, seguramente reconozcas este oficio enseguida. Roman Jakobson lo llamó traducción intralingüística. O sea, decir lo mismo con otros signos de la misma lengua (le dimos una vuelta al hablar de los tres tipos de traducción de Jakobson). Pasar un contrato a lenguaje claro o un formulario a lectura fácil exige lo mismo que traducir: entender a fondo el original y decidir qué palabras llegan a quien lee.

¿Tenéis documentos que tendrán que cumplir el reglamento en enero? Buen momento para revisarlos con calma, porque aquel contrato que firmasteis a medias puede que tenga los días contados.

Si este artículo os ha aclarado algo, pasádselo a quien redacta los formularios en vuestra empresa. O a quien escribió la última circular que nadie entendió.

Y, como siempre, si necesitas más información sobre nosotras o tienes preguntas sobre nuestros servicios, no dudes en contactarnos a través de LinkedIn, o déjanos un mensaje en nuestro formulario.

Te ayudaremos en todo lo que podamos.

¡Gracias por leernos y muchos ánimos!

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