El pasado 21 de febrero fue el Día Internacional de la Lengua Materna y nos ha parecido una buena excusa para reflexionar sobre un tema de lo más apasionante: ¿cómo el idioma moldea nuestra forma de pensar?
Aquí entra el relativismo lingüístico, una hipótesis que plantea la posibilidad de que tu idioma filtre de alguna manera la realidad, empujándote a fijarte en unas cosas antes que en otras. Suena interesante, ¿verdad?
¿Empezamos?
Sapir-Whorf: el mito, la hipótesis y el malentendido
Es imposible hablar de relativismo lingüístico sin que salga a colación un nombre que suena a ciencia ficción: la hipótesis Sapir‑Whorf.
Antes de meternos en harina, tenemos que hacer una aclaración, porque se ha hablado tanto de esta teoría, que se han terminado confundiendo algunas cosas. Para empezar, ni Edward Sapir ni Benjamin Whorf formularon una «hipótesis única» oficial; fue más bien un debate construido a partir de sus textos, que derivó en dos propuestas bien diferentes:
- Determinismo lingüístico: propuesta por Whorf, es la llamada teoría fuerte; la que sostiene que la lengua determina rígidamente la percepción y la cognición.
- Relativismo lingüístico: es la más moderada y, en ella, Sapir defiende que los hábitos de usar una lengua pueden influir en la forma de pensar.
Esta aclaración es importante porque cualquier teoría relacionada con nuestra forma de ver el mundo se suele llenar de fuegos artificiales, y esta no es una excepción.
Solo tienes que pensar en películas como «La llegada» (basada en el relato «La historia de tu vida», de Ted Chiang), cuya tesis principal es que aprender otra lengua reconfigura la experiencia del tiempo. No deja de ser una exageración deliberada, un espejo literario de la versión fuerte de Sapir-Whorf… que precisamente sirve para recordar por qué conviene distinguir ciencia de metáfora cuando hablamos del relativismo lingüístico.
De hecho, actualmente el determinismo lingüístico es una teoría ampliamente criticada por su absolutismo y muy cuestionada con diversos estudios experimentales. Sin embargo, aunque en la segunda mitad del siglo XX el relativismo lingüístico de Sapir también se consideró falso, a comienzos del siglo XXI la evidencia experimental reabrió el debate sobre hasta qué punto el idioma influye en la cognición no lingüística.
Relativismo lingüístico: algunos ejemplos a favor
El azul ruso y la interferencia verbal
En ruso hay dos términos básicos para el azul claro y el azul oscuro (goluboy/siniy). En una tarea rápida de discriminación, hablantes rusos iban más deprisa cuando los tonos caían a lados distintos de esa categoría léxica. Además, el efecto desaparecía cuando se introducía una interferencia verbal. Parece que el lenguaje puede meterse en la percepción cuando dependes de etiquetas internas para decidir rápido.
Kuuk Thaayorre: cuando el espacio organiza el tiempo
En Kuuk Thaayorre (Australia) es frecuente hablar del espacio con coordenadas absolutas (algo más cercano a norte/sur/este/oeste que a izquierda/derecha). En un estudio con bilingües Kuuk Thaayorre–inglés, al ordenar secuencias temporales, muchos participantes las alineaban siguiendo un eje este-oeste, coherente con ese hábito lingüístico.
Lo recordaremos por usted… ¿perfectamente?
El modo de describir accidentes (agentivo vs. no agentivo) puede cambiar qué detalles recordamos: hay evidencia de que el encuadre lingüístico influye en la memoria del agente y en atribuciones de responsabilidad. Es decir, que nuestra percepción de los hechos cambia dependiendo de si, en nuestro relato, es el sujeto de la oración el que inicia, controla y realiza la acción voluntariamente, o no.
Por lo tanto, parece ser que el «cómo lo contamos» no es neutro, y conviene vigilarlo igual que vigilas la terminología.
La neurociencia encaja con este cuadro: el lenguaje no vive en un solo «centro», sino en redes distribuidas, con rutas especializadas en mapear sonidos a significado y sonidos a articulación. Y la experiencia lingüística (por ejemplo, el bilingüismo) se asocia a neuroplasticidad, aunque la literatura es heterogénea y las conclusiones dependen mucho del diseño y de cómo se definen variables como exposición o competencia.
Sea como fuere, lo que parece claro es que el idioma puede entrenar hábitos de atención y ciertas rutas rápidas del pensamiento que maticen la forma con la que atendemos y entendemos el mundo. Si trabajas con lenguas, esto no debería sorprenderte: ¿nunca has sentido que hay frases que «piden» un foco distinto según el idioma? Nuestro trabajo muchas veces consiste en recolocar el foco sin deformar la escena.
¿Te apetece seguir tirando del hilo? Comparte el artículo y cuéntanos: ¿qué cambios de enfoque has visto al pasar de una lengua a otra? ¡Te leemos!
Y, como siempre, si necesitas más información sobre nuestra empresa o tienes preguntas sobre nuestros servicios, no dudes en contactarnos a través de LinkedIn, o déjanos un mensaje en nuestro formulario.
Te ayudaremos en todo lo que podamos.
¡Gracias por leernos!

