Origen histórico de Halloween

¿Sabes de dónde viene la tradición de Halloween?

Últimamente, estamos hablando mucho de los Estados Unidos, pero en las fechas en las que estamos, era inevitable volver a sacarlos a la palestra. Si hace unas semanas nos centrábamos en su idioma, haciendo primero una aproximación histórica y después una más formal, esta vez nos centraremos en una tradición profundamente arraigada en su cultura.

¿Ya lo has adivinado? Efectivamente, hoy hablaremos de Halloween, pero si crees que es una fiesta inventada por los estadounidenses, ya puedes ir quitándotelo de la cabeza.

¿Quieres saber de dónde viene exactamente? ¡Sigue leyendo!

Samhain y el fin de las cosechas

Como ya habrás podido suponer, la tradición de Halloween se remonta mucho más atrás de los desfiles americanos cargados de calabazas y trucos o tratos. En realidad, todo comienza con la conmemoración céltica del último año de su calendario.

Esa transición entre el verano y el invierno —el pueblo celta solo consideraba dos estaciones al año—, se celebraba por todo lo alto. No solo suponía el final de la época de cosecha, sino que, en la mágica noche de lo que hoy es el 31 de octubre, los celtas creían que la frontera entre el mundo de los vivos y de los muertos se difuminaba. Aunque los historiadores no terminan de aclararse respecto al origen de las tradiciones más populares de la fiesta actual, es muy probable que muchas hayan llegado a nuestros días gracias a esta celebración, muy popular en Irlanda, Escocia y norte de Francia hace más de 3000 años.

Pintura de un poblado celta celebrando el Samhain
Representación de un poblado celta celebrando Samhain.

Lo que si está claro es que, como buenos celtas, conmemoraban la festividad con sacrificios rituales humanos, animales y vegetales. No se cortaban, vamos. También dejaban ofrendas y alimentos en las puertas de los hogares, bien para honrar a los difuntos, bien para ahuyentar a los malos espíritus, y encendían hogueras para marcarles el camino al Más Allá. Pero esto no les parecía suficiente, porque nunca se sabe el humor con el que se despiertan los difuntos, así que también se protegían de eventuales posesiones, vistiéndose con pieles de animales. Es muy probable que la costumbre de disfrazarse, el encender velas, o el clásico «truco o trato» venga de estas tradiciones paganas.

Con la llegada del Cristianismo, tanto sacrificio no terminaba de gustar del todo, por lo que trató de diluirse paulatinamente. Hasta que, en el año 835, el Papa Gregorio III decide dar un golpe de efecto dictaminando que el día 1 de noviembre sea el Día de Todos los Santos, con el fin de relegar la fiesta pagana a un segundo plano. (SPOILER: no lo consiguió). Así, el «Samhain», que etimológicamente significa «final del verano», pasó a ser «All Hallow´s Eve» o Víspera de Todos los Santos. 

Con el tiempo, este nombre se fue simplificando y contrayendo, hasta llegar a lo que actualmente conocemos como «Halloween», fiesta que se hizo especialmente popular cuando Hollywood y el capitalismo americano vieron su potencial comercial. Películas como Halloween, de John Carpenter, le dieron un impulso aún mayor, consiguiendo que, actualmente, se celebre en casi todo el mundo. 

Michael Mayers, el malísimo de Halloween
Michael Mayers, el malísimo de Halloween.

Tiene nabos, la cosa esta de Halloween

Una de las imágenes más populares de Halloween es la tradicional calabaza tallada con caras terroríficas, que se iluminan desde dentro con una vela. ¿Pero de dónde viene esta costumbre? Pues, oh, sorpresa, ni siquiera empezó con una calabaza, sino con un irlandés, pícaro y borracho, que consiguió engañar al mismísimo diablo… Y con un nabo.

Cuenta la leyenda, que Sting Jack (Jack, el tacaño, en español) se pasaba el día entre tabernas y tugurios, molestando al personal. Una buena pieza que traía a todo el pueblo por el camino de la amargura, vamos. Un día, el diablo se presentó en su puerta para reclamar su alma. El pobre Jack, compungido, solo le pidió una cosa antes: tomarse la última cerveza en su taberna de confianza. Y para allá que fueron Jack y Belcebú, como buenos parroquianos.

Cuando Jack terminó de saborear su último deseo, se palpó los bolsillos con desesperación y le echó una mirada al diablo con ojitos de cordero degollado. Resulta que Jack se había dejado la cartera en casa y no tenía nada suelto. De ahí lo de Jack, el tacaño.

El diablo, que tenía rabo, cuernos y tridente, pero muy poquitas luces, accedió a transformarse en moneda para saldar la deuda, pero rápidamente se dio cuenta de su error. En cuanto Jack se metió la diabólica moneda en el bolsillo, el diablo quedó atrapado por el crucifijo que Jack se había escondido previamente.

Para librarse de pasar la eternidad, metido en el bolsillo de un beodo, el diablo accedió a concederle a Jack otros diez años de vida. ¿Y dónde entra el nabo en todo esto? Paciencia, que ya llegaremos a eso.

Tras una década de nuevas fechorías y cerveza, Jack volvió a encontrarse con el diablo, que venía a reclamar lo que era suyo. Nuevamente, aquello de viajar al inframundo le partía a Jack la tarde, pero accedió a regañadientes a cumplir con su promesa, si antes el diablo le alcanzaba una manzana, como cena de despedida. Obviaremos comentar de nuevo lo de las pocas luces del diablo, o el daño que han hecho las manzanas en la historia de la religión.

Remolacha tallada, con ascuas en el interior

Porque, como has adivinado, el diablo accedió a encaramarse al manzano favorito del bueno de Jack, momento en el que este aprovechó para rodear el árbol de cruces, atrapándole en lo alto. El diablo, harto ya de las tomaduras de pelo de Jack, aceptó no volver a tocar jamás su alma, con lo que Jack fue feliz y ebrio, el resto de su vida.

¿Y el nabo? Un momento, demonios, que ya llegamos.

Cuando Jack finalmente falleció y ascendió hasta las puertas del cielo, allí no querían saber nada de aquel pícaro borrachín. Desesperado, Jack acudió al infierno, pero el diablo ya se había lavado las manos con el asunto y le recibió con cajas destempladas y un buen par de ascuas infernales. 

Así que a Jack no le quedó más remedio que vagar toda la eternidad por el limbo terrenal. Y, como le daba miedo la oscuridad, vació un nabo que encontró por allí cerca —¿ves como al final llegó?— y lo llenó con las ascuas que le había lanzado el diablo, con el fin de iluminar su camino.

De esta leyenda surgió la tradición, todos los «All Hallow’s Eve», de tallar nabos y llenarlos de rescoldos incandescentes. Pero, cuando los irlandeses emigraron hacia América, se dieron cuenta de que había excedente de calabazas por aquellas tierras, y además eran más grandes, así que terminaron sustituyendo una hortaliza por la otra. 

Y de ahí, niños y niñas, surge la tradición de vaciar una calabaza en Halloween, tallarle una cara horripilante, y asustar al vecino, iluminándola con una vela. Y por eso, precisamente, a la calabaza de Halloween se le llama Jack-o’-lantern.

Aquí tenéis un resumen muy divertido, de la mano de Destripando la Historia, con Pascu y Rodri. ¡Siempre hilarantes!

Como veis, aunque los Estados Unidos se han encargado de popularizar la archiconocida fiesta de fantasmas y muertos vivientes, consiguiendo que se celebre en medio mundo, sus orígenes se remontan mucho más atrás en la historia, con unas raíces paganas de lo más interesantes.

Quién sabe, lo mismo este próximo Halloween os animáis a tallar un nabo y salir por las calles con unas cuantas pieles de animales por encima. Si Jack consiguió engañar al mismísimo diablo, todo es posible. 

Esperemos que hayáis disfrutado de este pequeño recorrido histórico y que, ya sea Halloween o el Día de los Difuntos, honréis las tradiciones y lo paséis en grande, pero con prudencia.

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